MARTES 20 DE ENERO DE 2004
El hombre que vio nacer a la década de los ‘90 desde la silla de director de programación del 13 dice que la TV de hoy es esencialmente barata y esto se nota en la escasa fidelización del público. Critica a los programas marca y asegura que el secreto del éxito está en que los auspiciantes dejen el diseño de contenido a quienes saben hacerlo.
Algunos de los hitos del canal 13 durante los “dorados
90” fueron programas como “360 Todo para ver”, la emisión
de “Tato de América” -el programa de Tato Bores censurado
por la jueza bautizada Burú Burú Budía- y la aparición
del desafiante unitario “Zona de riesgo”. A lo largo de esos
años Hugo Di Guglielmo se desempeñó como Director
de Programación del canal que llegó a facturar 380 millones
de dólares en 1994. Ahora, convertido en presidente de su propia
consultora, opina y critica los distintos fenómenos nacidos de
la televisión.
IB - ¿Cómo se construye la identidad de un canal?
Como con cualquier marca, se trata de elegir un público objetivo,
proponerle una idea atractiva y ser consecuente con ella a través
del tiempo. La diferencia quizás radica en cuál es ese tiempo.
Establecer una identidad de canal puede llevar de 2 a 3 años y
se compone de muchos y variados elementos; básicamente los programas,
su calidad de realización, las promociones y la manera de relacionarse
con el público y quienes anuncian en él. La identidad de
un canal se basa tanto en lo que pone en el aire como en lo que decide
no emitir. El otro punto fundamental es que haya una sola persona que
finalmente decida sobre los contenidos, con claridad de ideas y permanencia
en el cargo.
IB - ¿Encuentra diferencias entre la TV que programó
y la actual?
En lo esencial no hay grandes diferencias. Las líneas estructurales
nacidas en los años 90 -tiras en el prime time, unitarios a las
23 y en fin de semana, más participación del público
en pantalla- en general se mantienen. Las diferencias pasan más
por cuestiones económicas que dieron lugar a que se comenzaran
a producir muchos programas periodísticos, testimoniales, concursos,
magazines de bajo costo, muchos programas auto- referentes de la propia
televisión. Algunos de ellos son buenos y otros sólo cumplen
la función de ser baratos. Por otro lado, crean poca fidelización
del televidente y escasa imagen canal.
IB - En esta misma línea ¿cómo cree que será
el futuro de los “programas marca”?
Si bien en varios mercados del mundo, las marcas tienden a buscar programas
que tengan empatía con el público al que se dirigen, creo
que a la experiencia argentina aún le falta maduración.
Un producto o marca como protagonista dentro de la artística no
es lo que el público busca. Más aún, creo que lo
vive como una desilusión respecto del programa y de la marca. Hasta
hoy, ninguna de estas experiencias ha sido exitosa ni ha tenido continuidad.
Sí creo que es útil una marca sponsoreando o presentando
en exclusiva un programa que el público aprecie por su contenido
en estado puro. En los años 60 ya se dio en la televisión
argentina, con programas como Casino Philips, un show de buen nivel o
La Familia Falcon, auspiciada por Ford. Pero el atractivo del primero
era el show y en el del segundo la comedia de una familia tipo.
En este aspecto, me parece que la experiencia de los cortos de Sedal últimamente,
ha sido la línea más inteligente. Presentó, auspició,
financió pero no se metió en la artística. El público
agradece eso. Cada cual debe conservar su rol.
IB - ¿Qué piensa de los reality shows?
Los formatos, aquí y en todo el mundo, se instalan a partir de
un éxito, luego se clonan, sobreabundan, saturan y decantan. Pasó
con los talk-shows, los game shows y está pasando con los reality.
Creo que habrá menos y deberán ser más elaborados,
con más producción de show. Cuando un formato es sólo
sorpresa, por ejemplo la irrupción de Gran Hermano encerrando gente
y espiándola, se agota en lo que dura la sorpresa. Luego la gente
busca algo más, algo que construya un espectáculo.
Pero de un modo u otro, lo que permanecerá es la participación
de gente no profesional, gente “común” en cámara.
Claro que pasando un casting, como ya está ocurriendo. Y con estructuras
de producción atractivas y elaboradas.
IB - Desde hace algunos años la TV paga ofrece una dura
competencia a la TV abierta, ¿por qué cree que ocurre este
fenómeno?
Es lógico porque da más opciones y porque está muy
extendida en el país y la gente ya se habituó al servicio.
De todos modos, una no reemplaza a la otra. La afinidad y fidelización
que genera un canal de aire con buena producción propia, no la
logra una señal de cable. De allí las abismales diferencias
de rating, cuando tomamos las señales individualmente.
IB - ¿Cómo cree que Internet está afectando la imagen
y el formato de los programas de TV?
Más allá de que si uno está viendo una pantalla no
puede estar viendo la otra, no veo una gran interactividad entre ellas,
al menos hasta el momento. Si bien cada vez más gente accede a
Internet, la relación con ese medio siempre es más individualista.
La televisión es masiva y produce identificación social.
No veo a la gente comentando en la oficina sobre qué pasó
ayer a la noche en tal o cual site y si la veo charlando sobre el último
capítulo de la novela de éxito.
IB - ¿La TV se hace con dinero o con ideas?
Naturalmente se necesitan las dos cosas. Creo que en la televisión
argentina hay buenas ideas, buena calidad de producción y excelentes
profesionales en casi todos los rubros. Pero la crisis ha sido demasiado
grande y aunque se estime una leve suba de la torta publicitaria, no será
suficiente para alcanzar los niveles de inversión de los años
90, que fueron de gran crecimiento para nuestra televisión. Cuando
se dice que cuando hay poco dinero hay que aguzar la creatividad es cierto,
pero tampoco hay que caer en el romanticismo a ultranza o la idealización;
la televisión buena necesita inversión.
Por eso soy un convencido que debemos encontrar una industria televisiva
que sea capaz de exportar, desde productos terminados, especialmente ficción,
hasta servicios, para poder mantener el nivel al que habíamos llegado.
Hay que recorrer ese camino paso a paso, ya que no es fácil hacerlo.
Hay mucha competencia internacional, pero sí somos serios y consecuentes
seguro tendremos un lugar en el mundo.Algunos de los hitos del canal 13
durante los “dorados 90” fueron programas como “360
Todo para ver”, la emisión de “Tato de América”
-el programa de Tato Bores censurado por la jueza bautizada Burú
Burú Budía- y la aparición del desafiante unitario
“Zona de riesgo”. A lo largo de esos años Hugo Di Guglielmo
se desempeñó como Director de Programación del canal
que llegó a facturar 380 millones de dólares en 1994. Ahora,
convertido en presidente de su propia consultora, opina y critica los
distintos fenómenos nacidos de la televisión.
IB - ¿Cómo se construye la identidad de un canal?
Como con cualquier marca, se trata de elegir un público objetivo,
proponerle una idea atractiva y ser consecuente con ella a través
del tiempo. La diferencia quizás radica en cuál es ese tiempo.
Establecer una identidad de canal puede llevar de 2 a 3 años y
se compone de muchos y variados elementos; básicamente los programas,
su calidad de realización, las promociones y la manera de relacionarse
con el público y quienes anuncian en él. La identidad de
un canal se basa tanto en lo que pone en el aire como en lo que decide
no emitir. El otro punto fundamental es que haya una sola persona que
finalmente decida sobre los contenidos, con claridad de ideas y permanencia
en el cargo.
IB - ¿Encuentra diferencias entre la TV que programó
y la actual?
En lo esencial no hay grandes diferencias. Las líneas estructurales
nacidas en los años 90 -tiras en el prime time, unitarios a las
23 y en fin de semana, más participación del público
en pantalla- en general se mantienen. Las diferencias pasan más
por cuestiones económicas que dieron lugar a que se comenzaran
a producir muchos programas periodísticos, testimoniales, concursos,
magazines de bajo costo, muchos programas auto- referentes de la propia
televisión. Algunos de ellos son buenos y otros sólo cumplen
la función de ser baratos. Por otro lado, crean poca fidelización
del televidente y escasa imagen canal.
IB - En esta misma línea ¿cómo cree que será
el futuro de los “programas marca”?
Si bien en varios mercados del mundo, las marcas tienden a buscar programas
que tengan empatía con el público al que se dirigen, creo
que a la experiencia argentina aún le falta maduración.
Un producto o marca como protagonista dentro de la artística no
es lo que el público busca. Más aún, creo que lo
vive como una desilusión respecto del programa y de la marca. Hasta
hoy, ninguna de estas experiencias ha sido exitosa ni ha tenido continuidad.
Sí creo que es útil una marca sponsoreando o presentando
en exclusiva un programa que el público aprecie por su contenido
en estado puro. En los años 60 ya se dio en la televisión
argentina, con programas como Casino Philips, un show de buen nivel o
La Familia Falcon, auspiciada por Ford. Pero el atractivo del primero
era el show y en el del segundo la comedia de una familia tipo.
En este aspecto, me parece que la experiencia de los cortos de Sedal últimamente,
ha sido la línea más inteligente. Presentó, auspició,
financió pero no se metió en la artística. El público
agradece eso. Cada cual debe conservar su rol.
IB - ¿Qué piensa de los reality shows?
HDG- Los formatos, aquí y en todo el mundo, se instalan a partir
de un éxito, luego se clonan, sobreabundan, saturan y decantan.
Pasó con los talk-shows, los game shows y está pasando con
los reality. Creo que habrá menos y deberán ser más
elaborados, con más producción de show. Cuando un formato
es sólo sorpresa, por ejemplo la irrupción de Gran Hermano
encerrando gente y espiándola, se agota en lo que dura la sorpresa.
Luego la gente busca algo más, algo que construya un espectáculo.
Pero de un modo u otro, lo que permanecerá es la participación
de gente no profesional, gente “común” en cámara.
Claro que pasando un casting, como ya está ocurriendo. Y con estructuras
de producción atractivas y elaboradas.
IB - Desde hace algunos años la TV paga ofrece una dura
competencia a la TV abierta, ¿por qué cree que ocurre este
fenómeno?
Es lógico porque da más opciones y porque está muy
extendida en el país y la gente ya se habituó al servicio.
De todos modos, una no reemplaza a la otra. La afinidad y fidelización
que genera un canal de aire con buena producción propia, no la
logra una señal de cable. De allí las abismales diferencias
de rating, cuando tomamos las señales individualmente.
IB - ¿Cómo cree que Internet está afectando
la imagen y el formato de los programas de TV?
Más allá de que si uno está viendo una pantalla no
puede estar viendo la otra, no veo una gran interactividad entre ellas,
al menos hasta el momento. Si bien cada vez más gente accede a
Internet, la relación con ese medio siempre es más individualista.
La televisión es masiva y produce identificación social.
No veo a la gente comentando en la oficina sobre qué pasó
ayer a la noche en tal o cual site y si la veo charlando sobre el último
capítulo de la novela de éxito.
IB - ¿La TV se hace con dinero o con ideas?
Naturalmente se necesitan las dos cosas. Creo que en la televisión
argentina hay buenas ideas, buena calidad de producción y excelentes
profesionales en casi todos los rubros. Pero la crisis ha sido demasiado
grande y aunque se estime una leve suba de la torta publicitaria, no será
suficiente para alcanzar los niveles de inversión de los años
90, que fueron de gran crecimiento para nuestra televisión. Cuando
se dice que cuando hay poco dinero hay que aguzar la creatividad es cierto,
pero tampoco hay que caer en el romanticismo a ultranza o la idealización;
la televisión buena necesita inversión.
Por eso soy un convencido que debemos encontrar una industria televisiva
que sea capaz de exportar, desde productos terminados, especialmente ficción,
hasta servicios, para poder mantener el nivel al que habíamos llegado.
Hay que recorrer ese camino paso a paso, ya que no es fácil hacerlo.
Hay mucha competencia internacional, pero sí somos serios y consecuentes
seguro tendremos un lugar en el mundo.